sábado, 10 de enero de 2026

La frontera

La frontera siempre fue un reflejo turbio del verdadero ambiente que se desarrolla aquí. Con sus calles polvorientas y su aire de tránsito y comercio perpetuo, me enseñó que la vida no se detiene en los muros ni en las rejas, sino que se filtra como agua entre las rendijas de la tierra. Desde que dejé el convento, mis pasos me trajeron aquí, a esta ciudad que respira en dos direcciones: hacia dentro y hacia fuera, hacia lo propio y hacia lo ajeno. Yo, a mis 78 años de vida, me siento como un pez fuera del agua al sentarme, ahora, en un banco de madera frente a la frontera observando cómo los comerciantes cruzan con sus mercancías, cómo los niños juegan entre las aceras, cómo las mujeres negocian con firmeza y dulzura. Todo parece cotidiano, pero para mí cada gesto es un recordatorio de lo que viví entre los muros del convento. Allí, el mundo estaba reducido a rezos, silencios y sombras. Aquí, en cambio, la frontera me devuelve la amplitud de lo humano, con sus contradicciones y su verdad desnuda.

Recuerdo las madrugadas en que la campana nos despertaba antes del amanecer. El aire frío se mezclaba con el olor a cera y a humedad. Caminábamos en fila hacia la capilla, con los ojos bajos, como si mirar demasiado pudiera ser pecado. El silencio era tan denso que parecía un segundo hábito sobre nuestros cuerpos. Y sin embargo, detrás de ese silencio se escondían voces, risas apagadas, secretos que nunca se decían en voz alta.

La frontera, pienso ahora, es también ese límite entre lo que se dice y lo que se calla. Entre lo que se muestra y lo que se oculta.

En kie osi, las abacerias y otras tiendas de comercio se levantan como insignias de un tiempo que no pasa. Los soldados vigilan los caminos, los comerciantes cruzan con sacos de hortalizas, ganado y telas brillantes, los jóvenes sueñan con escapar hacia un futuro que siempre parece estar del otro lado. Yo los observo y me reconozco en ellos: también yo viví atrapada en un espacio que me prometía salvación, pero que me negaba la libertad.

Cuando cierro los ojos, escucho todavía los rezos en coro, las letanías que repetíamos hasta que la voz se volvía mecánica. Pero junto a esos rezos, recuerdo los juegos que inventábamos para sobrevivir al tedio: pequeñas travesuras, gestos de complicidad, miradas que decían más que las palabras. Juegos que eran, en realidad, un modo de resistir.

Hoy, mientras escribo estas memorias, sé que mi voz no es solo mía. Hablo por aquellas que callaron, por aquellas que no pudieron salir, por aquellas que se quedaron atrapadas en la penumbra del convento. Esta ciudad fronteriza me ofrece el escenario perfecto: una ciudad que no pertenece del todo a nadie, que es tránsito y permanencia, que es herida y cicatriz al mismo tiempo.

Recuerdo una tarde en que, desde la ventana del convento, vi pasar una procesión en la ciudad. Los tambores resonaban, las mujeres bailaban con fuerza, los niños corrían detrás de los músicos. Yo los miraba con una mezcla de nostalgia y deseo. En el convento, la música estaba prohibida, salvo los cantos litúrgicos. Pero en la frontera, la música era vida, era resistencia, era celebración. Ese día comprendí que la frontera no era solo un lugar geográfico, sino un estado del alma.

Ahora, cada vez que camino por las calles de Ebibeyin, siento que estoy cruzando constantemente: del pasado al presente, del silencio a la palabra, de la obediencia a la libertad. La ciudad a la que hago referencia me recuerda que la vida es tránsito, y que mi historia no puede quedar encerrada en los muros de un convento.

No puedo negar lo que vi, lo que supe, lo que callé. Hubo momentos en que la inocencia se quebró, en que la fe se mezcló con la duda, en que la disciplina se convirtió en máscara de injusticia. No lo digo para escandalizar, sino para liberar. Porque la verdad, aunque duela, es la única forma de sanar.

En esta ciudad fronteriza, donde cada día es un cruce y cada noche un regreso, comienza mi relato. Yo, una monja retirada, me dispongo a contar lo que viví, lo que callé, lo que aprendí. La frontera será mi espejo, y en él se reflejarán las luces y las sombras de una vida marcada por la fe y por la duda.

El silencio era nuestra primera disciplina. No se imponía con látigos ni con gritos, sino con la fuerza invisible de la costumbre. En el convento, el silencio era una muralla más alta que cualquier muro de piedra. Nos envolvía como un hábito adicional, nos seguía como una sombra que nunca se apartaba.

Recuerdo las mañanas en que, después de la oración, caminábamos por los pasillos con los labios sellados. El eco de nuestros pasos era la única música permitida. El silencio se volvía tan denso que parecía tener peso, como si cada palabra no dicha se acumulara en el aire, presionando sobre nuestros hombros.

Había momentos en que deseaba gritar, aunque fuera una sola palabra, para romper aquella quietud que me ahogaba. Pero sabía que un grito sería un pecado, una traición al voto que nos mantenía unidas. Así aprendí a callar, a guardar dentro de mí las preguntas, las dudas y los recuerdos que me quemaban.

El convento estaba lleno de voces que nunca se escuchaban. Cada hermana llevaba dentro un mundo secreto: historias de infancia, heridas ocultas y sueños que se marchitaban en la rutina. Pero ninguna se atrevía a hablar. El silencio era la ley, y la ley era más fuerte que la verdad.

En las noches, cuando la campana marcaba la hora del descanso, el silencio se volvía más profundo. En la oscuridad, podía escuchar mi propio corazón latiendo, como si quisiera escapar de mi pecho. A veces, alguna hermana lloraba en su celda, pero lo hacía tan suavemente que sus lágrimas parecían parte del silencio mismo.

Con el pasar de los años, aprendí a leer las miradas, los gestos, los movimientos mínimos que revelaban lo que no podía decirse. Una inclinación de cabeza podía significar compasión. Un apretón de manos, solidaridad. Una sonrisa fugaz, resistencia. El silencio nos obligaba a inventar un idioma secreto, un idioma de cuerpos y de sombras. Pero el silencio también era cárcel. Nos impedía denunciar lo que sabíamos, lo que veíamos, lo que nos hería. Nos obligaba a aceptar lo inaceptable, a callar lo que debía ser gritado. El silencio era el pacto que mantenía intacta la fachada del convento, aunque detrás se escondieran grietas profundas.

Recuerdo una tarde en que una hermana joven fue reprendida por hablar demasiado durante las labores. La superiora la castigó con ayuno y oración. No era un castigo físico, pero era un recordatorio de que la palabra estaba prohibida. Desde entonces, aquella hermana apenas abrió la boca. Su voz se apagó, y con ella se apagó una parte de su espíritu.

El silencio era un sacrificio que nos pedían en nombre de la fe. Pero yo empecé a preguntarme: ¿qué fe se sostiene en el silencio impuesto? ¿Qué verdad necesita callar para sobrevivir? En Ebibeyin, la ciudad fronteriza, el silencio no existe. Aquí las voces se mezclan en el mercado, los tambores resuenan en las fiestas, los niños gritan en las calles. Aquí el bullicio es vida y la vida es libertad. Por eso, cada vez que escucho el ruido de la ciudad, siento que estoy recuperando las palabras que me fueron arrebatadas pese a mi avanzada edad.

Ahora, mientras escribo estas memorias, rompo el silencio que me acompañó durante tantos años. Cada palabra que pongo en el papel es un acto de liberación. Sé que no puedo cambiar el pasado, pero puedo nombrarlo. Y al nombrarlo, puedo darle un sentido nuevo. El silencio del convento fue mi cárcel, pero también fue mi escuela. Aprendí a escuchar lo invisible, a leer lo oculto, a comprender que detrás de cada silencio hay una historia que espera ser contada.

Hoy, en esta ciudad fronteriza, decido contar esas historias. Decido romper el pacto del silencio. Decido que mi voz, aunque temblorosa, será más fuerte que el miedo.



Letra de SAKUL NSONO 

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